China, cuando éramos inmortales

Este texto va para mis amigos de viaje, de emprendimiento, de aventura, de las cervezas en un hutong en Pekín.

Comencé a escribirlo en medio de una hospitalización. En medio de un proceso que me permitió reflexionar sobre mi vida y llegar a la hermosa conclusión que a la fecha la he aprovechado. Claro, hay muchos planes más, hay sueños, deseos e ilusiones. Pero fuimos inmortales en Pekín.

Uso la palabra inmortales pues China nos abordó en medio del auge más bonito del riesgo emprendedor, de las ganas y el sueño de crear. Crear: donde no había nada, ahora hay algo gracias a nuestro actuar. China nos dio la oportunidad de equivocarnos, de levantarnos al otro día e intentarlo, de ver el amanecer en fiestas, de dormir dos horas y seguir con el compromiso de crear. Fuimos liberales, irresponsables con el horario (o flexibles), nos estresamos, nos preocupamos, vivimos apretados, mejoramos, crecimos, abrimos empresa…fuimos felices.

Inmortales porque la vida nos premió con pocas preocupaciones en este tiempo, diferentes al conocernos y al aprender que nuestro progreso dependía de nosotros únicamente. Nuestros cuerpos cumplieron con la tarea de entregar lo que esperábamos. De seguir el ritmo de nuestras pupilas dilatadas al ver las ideas poco a poco materializándose.

China, donde nos olvidamos que el tiempo corre, que la vida pasa…donde exquisitamente fuimos inmortales gracias al ritmo, las ideas y el azar. Sí, ahí en medio de 1.700 millones de personas.

Y así mismo, nos llevó a la transición de ser mortales. Crecimos. La vida comenzó poco a poco a recordarnos que no se es para siempre e hizo que finalmente sangráramos. Nos recordó que la ecuación tiene fin pero que los factores (familia + ánimo + disciplina) nos permitirían afrontar lo que viniera. La inmortalidad de como se derrama el tiempo nos recordó lo mortales, y maduramos en que lo único que hay es el AHORA y el mañana no es garantía.

A ellos, con un cariño inmortal.

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