Por estos días he ido llegando a la idea que la vida está enmarcada en un triángulo: amor, familia y the struggle (nuestros procesos). Los dos primeros como las bases sólidas para afrontar lo que venga en la forma en que venga.
El triatlón lo he comparado con lo anterior. Tres fases compuestas de amor, familia y el reto.
Alguien una vez me dijo que no entendía el por qué romantizar la vida. Mi respuesta hoy es: ¿por qué no? Si este preciso momento es lo que tenemos y qué mejor que hacerlo especial y agradecer por él.
Hace menos de un año seguíamos en el hospital viviendo en primera fila the struggle. Los meses allí se superaron por tres cosas también: amor, familia y las ganas de vivir. Salimos con varios sueños, propósitos, entre los que estaban celebrar la vida con algo que me hace feliz: el deporte. El triatlón desde pequeño me ha interesado por el querer sentir cómo mi cuerpo se puede desenvolver en diferentes ambientes y movimientos.
En el proceso de alcanzar dicho sueño, hay varias metas que incluyen otras carreras de preparación. Con lo que no contaba (que ahora es una herramienta más para cumplirlo) era con el factor emocional positivo que esta experiencia me ha venido entregando. Y este regalo está compuesto de familia, personas, historias y felicidad. El deporte me ha rodeado de personas positivas, cada uno con sus batallas y dolores (en todo aspecto) pero con una voluntad admirable de avanzar siempre aunque las probabilidades sean pocas.
Celebré el vivir, rodeado de familia (ellos sentían incertidumbre y felicidad al mismo tiempo) y con amor puro por cada minuto en que el cuerpo me regalaba un paso más. El tiempo no fue importante, el día lo fue.
Vivir es un privilegio. Y movernos sí que lo es.
Gracias vida y gracias a cada uno de ustedes que intenta, vuelve a intentar y sigue intentando hasta lograrlo. The struggle trae también felicidad y disfrutar el proceso dura siempre mucho más que el cruzar la línea de meta.