Sentados en una barra de Sushi mientras el Maestro del lugar hacía su mejor versión de un rollo que mezclaba atún y salmón frescos. Llegamos al restaurante buscando un Sushi sin adornos, algo fresco, que fuera música para el paladar y el cerebro como cuando la trufa hace parte de un plato.
Mi compañía, un gran amigo, arquitecto quien vive en Ho Chi Minh, Vietnam.
Una comida alrededor del Sushi, Nigiris, un par de Sakes y donde la vida nos premió con las memorias más increíbles y únicas de una juventud inmortal en las calles de Pekín.
Una comida que recuerda que la vida está hecha de historias que nos llevan a ser quienes somos. Historias que nos hacen reír netamente de felicidad y añorar de alguna manera el pasado. Historias que cuando recordamos nos permite concluir que gracias a determinados retos, situaciones y personas, hemos llegado hoy a lo que somos. Somos el pasado que vivimos, somos el resultado de esos años y somos a diario lo que seremos en los próximos.
Esta ecuación de vida, que es menos compleja que una ecuación matemática, nos llena de vitalidad, sonrisas, experiencias y cosas que debemos permitir que sucedan.
Llegó el Sake y con él, un sabor a arroz fresco, con la frescura que ventea en el noreste de Asia y con ese olor inconfundible a algas. El Sake, como la amistad, es ese componente de la comida que une, trae una sonrisa y abre el apetito de más vivencias.
Y el Sushi, con un salmón y atún simplemente perfectos. El primer bocado y la primera historia. La primer memoria. La primer persona a quien recordamos.
La comida une, la amistad la hace única y las historias “entrufan” el plato que escojamos. Sushi, Sake y Vida. Comida, un vino e historias que nos hagan reír, que nos hagan concluir que a diario vivimos la vida que nos soñamos y la que nos comprometimos seguir. Humanos de acción, que en las mañanas tomamos la decisión de perseguir aquello que soñamos: un corazón colmado por haber servido.
Sushi, Sake y Vida.